El animal

Hoy es la noche después de luna llena según el calendario, y durante todo el día se había sentido con el cuerpo cortado, cualquier otra persona podría suponer que era tal vez una gripe por los cambios de clima. Pero el sabía que no era nada de eso, sabía perfectamente que el hecho de que el amuleto no estuviera en su cuello era la causa.
Recién había llegado a su casa y no le apetecía hacer nada, tenía si un poco de hambre pero no había nada en casa más que pan y sinceramente no se le antojaba en lo más mínimo.
Fue directamente a acostarse en su cuarto mientras su madre aún veía televisión en la sala de la casa, el dolor de sus huesos y sus músculos se hacía más fuerte, no podía mantener abiertos los ojos y el dolor de cabeza le causaba mareos. Se quitó toda la ropa, tomo un par de antigripales de esos que te provocan aún más sueño y se acostó en la cama.
Darío vio por la ventana y en el cielo estaba la luna llena ya estaba en lo más alto, habían pasado tres meses desde que había llevado a cabo el ritual, lo había hecho siguiendo todas las indicaciones al pie de la letra, pero sobre todo había tenido el cuidado de elaborar el amuleto adecuadamente antes de realizarlo, nada debía suceder fuera de tiempo.
Tenía poco tiempo durmiendo y aparentemente tenía un sueño intranquilo, no dejaba de moverse en su cama y su cuerpo se estaba perlando de sudor. Afuera empezaba a llover.
Lo que veía en su sueño era a si mismo, caminando en plena avenida principal de la parte peninsular de Paraiso. Era de noche y hacía frío, las calles se veían húmedas pero no encharcadas, había ese característico olor a tierra mojada. Sin embargo el únicamente vestía pantalones de mezclilla y nada más, podía sentir el asfalto bajo sus pies, y escuchaba el viento. Solo eso, el viento.
Parecía que los autos y personas habían desaparecido por completo de las calles, en el cielo no había más que la luna llena, como si todas las estrellas se hubieran apagado. Caminó toda la avenida con un poco de desesperación, temiendo lo que encontraría en la otra esquina, sabía que eso no era precisamente un paseo normal, encontrarse en medio de la noche, con casi nada de ropa y descalzo en la avenida principal. Y es que la ruta que estaba tomando no era la más lógica, su casa quedaba del otro lado. El dolor que tenía en la realidad parecía hacerse presente en su sueño también, músculos y huesos adoloridos.
Finalmente llego al boulevard y los pies le dolían demasiado, se sentó un momento en la banqueta para revisarse las plantas de los pies, y vio sangre. Debía haberse cortado con algo, pero la verdad era que no había sentido dolor en sus pies hasta ese preciso momento. Además, no podía dejar de pensar en como le dolía el cuerpo, era intenso, era angustiante. Tenía las manos manchadas de sangre e intento limpiárselas en el pantalón, pero mientras más las limpiaba más sangre tenían, empezaban a arderle. La sangre brotaba ahora también de sus manos. Y de sus brazos. Y de su vientre. Y de sus hombros. Parecía estarse desgarrando por completo desde el cuello hasta las plantas de los pies.
Entonces despertó, solo que el que despertó ya no era Darío. De hecho lo que despertó ya no era una persona, era más bien una cosa. Un animal cubierto de pelo, un animal con un hocico lleno de colmillos, con ojos que se ven rojos en la oscuridad, con una forma entre humana y lobezna. Ya no solo era lluvia lo que había afuera, eran rayos y una lluvia realmente fuerte. Sin embargo no era lo copiosa lo que haría que la gente recordará esta lluvia.
Su primer acto fue sentir el olor de la carne, allí afuera había mucho que comer y el animal moría de hambre. Su necesidad era lo suficiente como para prescindir de la poca inteligencia que le quedaba, rompió la puerta del cuarto de Darío a golpes, y su instinto le ordenó romper la siguiente, entró a esa habitación y encontró a una mujer asustada bajo una sábana blanca. De un salto estaba sobre ella, le gruñó a la cara y se quedó unos segundos olfateándole el rostro. La mujer estaba tan aterrada que de su garganta solo alcanzaba a salir un gemido casi completamente apagado, las lágrimas brotaban sin cesar de sus ojos y no podía cerrarlos.
Entonces el animal la reconoció, y fue en menos de un segundo que sus colmillos encontraron su cuello. Las garras y los colmillos no dejaron finalmente mucho que reconocer, se ensañó con sus brazos y sus manos y después con su vientre. Y es que no la devoró, se limitó a simplemente destrozarla, apenas y le quedaron atrapadas unas gotas de sangre en el hocico, pero era como si en realidad no quisiera que quedará rastro de ella, sobre todo en él.
Al salir del cuarto el animal sintió el olor de otra persona en el cuarto contiguo al de la mujer, sin embargo no le prestó atención y salio por una ventana abierta.
Recorrió las calles de la ciudad. La lluvia mojaba su pelambre y una sola idea estaba ahora en su mente: alimentarse. Encontró a su víctima en uno de tantos muelles de Paraíso.
Al otro día la sobrina de Darío encontraría a su abuela (y madre de Darío) regada por todo el cuarto. Un cuerpo destrozado, y un cuarto una vez blanco, cubierto de rojo. Había pedazos de carne colgando de los cortineros, y al intentar salir de la habitación, la niña se resbalaría con algo. Era la quijada de su difunta abuela. Darío estaba en su cuarto, inconsciente, con moretones y cortadas por todo su cuerpo, incluso un par de mordidas no tan graves, pero si muy notables, en uno de sus brazos.
No recuperó el conocimiento en cuatro días y cuando lo hizo dijo que no podía recordar nada de esa noche, que había estado enfermo todo el día y que había mezclado varios medicamentos, que solo recordaba haber tenido un sueño muy intranquilo, hasta que fue despertado por el ataque de “algo”, y que no recordaba nada más hasta el momento en que había despertado. Le comunicaron que su madre estaba muerta, por el ataque de ese “algo”, que sus restos habían sido cremados por disposición de sus hermanos.
Al salir del hospital sus hermanos le preguntaron si quería ir al cementerio, el dijo que sí, pero que necesitaba pasar primero por algo a su casa. Horas después Darío estaba frente a la tumba de su madre, su gesto expresaba enojo más que dolor, en su cuello, estaba el amuleto.


1 Los suicidas dicen:
Por favor por favor regaleme un hombre lobo como mascota o un t- Rex ande.
Publicar un comentario
<< Home