lunes, septiembre 26, 2005

El animal



Hoy es la noche después de luna llena según el calendario, y durante todo el día se había sentido con el cuerpo cortado, cualquier otra persona podría suponer que era tal vez una gripe por los cambios de clima. Pero el sabía que no era nada de eso, sabía perfectamente que el hecho de que el amuleto no estuviera en su cuello era la causa.

Recién había llegado a su casa y no le apetecía hacer nada, tenía si un poco de hambre pero no había nada en casa más que pan y sinceramente no se le antojaba en lo más mínimo.

Fue directamente a acostarse en su cuarto mientras su madre aún veía televisión en la sala de la casa, el dolor de sus huesos y sus músculos se hacía más fuerte, no podía mantener abiertos los ojos y el dolor de cabeza le causaba mareos. Se quitó toda la ropa, tomo un par de antigripales de esos que te provocan aún más sueño y se acostó en la cama.

Darío vio por la ventana y en el cielo estaba la luna llena ya estaba en lo más alto, habían pasado tres meses desde que había llevado a cabo el ritual, lo había hecho siguiendo todas las indicaciones al pie de la letra, pero sobre todo había tenido el cuidado de elaborar el amuleto adecuadamente antes de realizarlo, nada debía suceder fuera de tiempo.

Tenía poco tiempo durmiendo y aparentemente tenía un sueño intranquilo, no dejaba de moverse en su cama y su cuerpo se estaba perlando de sudor. Afuera empezaba a llover.

Lo que veía en su sueño era a si mismo, caminando en plena avenida principal de la parte peninsular de Paraiso. Era de noche y hacía frío, las calles se veían húmedas pero no encharcadas, había ese característico olor a tierra mojada. Sin embargo el únicamente vestía pantalones de mezclilla y nada más, podía sentir el asfalto bajo sus pies, y escuchaba el viento. Solo eso, el viento.

Parecía que los autos y personas habían desaparecido por completo de las calles, en el cielo no había más que la luna llena, como si todas las estrellas se hubieran apagado. Caminó toda la avenida con un poco de desesperación, temiendo lo que encontraría en la otra esquina, sabía que eso no era precisamente un paseo normal, encontrarse en medio de la noche, con casi nada de ropa y descalzo en la avenida principal. Y es que la ruta que estaba tomando no era la más lógica, su casa quedaba del otro lado. El dolor que tenía en la realidad parecía hacerse presente en su sueño también, músculos y huesos adoloridos.

Finalmente llego al boulevard y los pies le dolían demasiado, se sentó un momento en la banqueta para revisarse las plantas de los pies, y vio sangre. Debía haberse cortado con algo, pero la verdad era que no había sentido dolor en sus pies hasta ese preciso momento. Además, no podía dejar de pensar en como le dolía el cuerpo, era intenso, era angustiante. Tenía las manos manchadas de sangre e intento limpiárselas en el pantalón, pero mientras más las limpiaba más sangre tenían, empezaban a arderle. La sangre brotaba ahora también de sus manos. Y de sus brazos. Y de su vientre. Y de sus hombros. Parecía estarse desgarrando por completo desde el cuello hasta las plantas de los pies.

Entonces despertó, solo que el que despertó ya no era Darío. De hecho lo que despertó ya no era una persona, era más bien una cosa. Un animal cubierto de pelo, un animal con un hocico lleno de colmillos, con ojos que se ven rojos en la oscuridad, con una forma entre humana y lobezna. Ya no solo era lluvia lo que había afuera, eran rayos y una lluvia realmente fuerte. Sin embargo no era lo copiosa lo que haría que la gente recordará esta lluvia.

Su primer acto fue sentir el olor de la carne, allí afuera había mucho que comer y el animal moría de hambre. Su necesidad era lo suficiente como para prescindir de la poca inteligencia que le quedaba, rompió la puerta del cuarto de Darío a golpes, y su instinto le ordenó romper la siguiente, entró a esa habitación y encontró a una mujer asustada bajo una sábana blanca. De un salto estaba sobre ella, le gruñó a la cara y se quedó unos segundos olfateándole el rostro. La mujer estaba tan aterrada que de su garganta solo alcanzaba a salir un gemido casi completamente apagado, las lágrimas brotaban sin cesar de sus ojos y no podía cerrarlos.

Entonces el animal la reconoció, y fue en menos de un segundo que sus colmillos encontraron su cuello. Las garras y los colmillos no dejaron finalmente mucho que reconocer, se ensañó con sus brazos y sus manos y después con su vientre. Y es que no la devoró, se limitó a simplemente destrozarla, apenas y le quedaron atrapadas unas gotas de sangre en el hocico, pero era como si en realidad no quisiera que quedará rastro de ella, sobre todo en él.

Al salir del cuarto el animal sintió el olor de otra persona en el cuarto contiguo al de la mujer, sin embargo no le prestó atención y salio por una ventana abierta.

Recorrió las calles de la ciudad. La lluvia mojaba su pelambre y una sola idea estaba ahora en su mente: alimentarse. Encontró a su víctima en uno de tantos muelles de Paraíso.

Al otro día la sobrina de Darío encontraría a su abuela (y madre de Darío) regada por todo el cuarto. Un cuerpo destrozado, y un cuarto una vez blanco, cubierto de rojo. Había pedazos de carne colgando de los cortineros, y al intentar salir de la habitación, la niña se resbalaría con algo. Era la quijada de su difunta abuela. Darío estaba en su cuarto, inconsciente, con moretones y cortadas por todo su cuerpo, incluso un par de mordidas no tan graves, pero si muy notables, en uno de sus brazos.

No recuperó el conocimiento en cuatro días y cuando lo hizo dijo que no podía recordar nada de esa noche, que había estado enfermo todo el día y que había mezclado varios medicamentos, que solo recordaba haber tenido un sueño muy intranquilo, hasta que fue despertado por el ataque de “algo”, y que no recordaba nada más hasta el momento en que había despertado. Le comunicaron que su madre estaba muerta, por el ataque de ese “algo”, que sus restos habían sido cremados por disposición de sus hermanos.

Al salir del hospital sus hermanos le preguntaron si quería ir al cementerio, el dijo que sí, pero que necesitaba pasar primero por algo a su casa. Horas después Darío estaba frente a la tumba de su madre, su gesto expresaba enojo más que dolor, en su cuello, estaba el amuleto.

viernes, septiembre 09, 2005

Roberto Giovanni

Roberto camina por el pasillo que conduce al estudio de su padre con pesar, aguanta tanto como puede las lágrimas, de todos modos es difícil distinguirlas entre toda el agua que cae de su cabello. Las pinturas en las paredes parecen observarlo, es como si cada una de ellas le dijera que al fin ha mostrado su naturaleza, sus verdaderos colores.

Roberto Giovanni es sin duda uno de los hijos preferidos de Paraíso. Puede que tenga que ver con que a su corta de edad sea uno de los chicos más populares en sociedad. Tal vez sea que es talentoso y carismático, solo por no mencionar su belleza física. 16 años, 1.70m de estatura, piel bronceada, cabello oscuro ondulado, cejas pobladas y ojos avellanados, poseedor de una de esas sonrisas que son capaces de hacerte perder el aliento, claro todo esto en una cara hermosa, y un cuerpo delgado pero en excelente forma. Tal vez sea que nació con buena estrella. Pero la verdad es que todo tiene que ver con Vicentico Giovanni, su padre. Si, es rico, es poderoso, pero sobre todas las cosas controla los negocios en la mitad de Isla Paraíso, los controla por el medio que deban ser controlados, pues, es un gangster, un mafioso.

La verdad es que Roberto siempre ha tratado de mantener un perfil bajo, de no ser asociado con su padre, ha demostrado no tener interés en mezclarse en los negocios de la famiglia, sin embargo eso se ha acabado hoy, pues por primera vez Roberto necesita de la ayuda de su padre.

Roberto llega a la puerta del estudio de su padre, esta cerrada y dentro se escuchan voces, son Mariano y Vicentico discutiendo de algún negocio. Se lleva la mano al rostro y aspira aire por la boca y lo expulsa con fuerza, sube la mano hasta su cabello y tira del mechón que queda atrapado entre sus dedos. Su cabello y su cara quedan manchados de sangre. Esta a punto de tocar a la puerta cuando de improviso se abre y se encuentra frente a frente con Mariano. Levanta la mirada hasta que sus ojos se encuentran y el gesto que hace grita una sola palabra: Ayúdame.

Ese momento todo se aclara, de repente la situación parece menos mala. Mariano reacciona rápidamente al ver toda la sangre que no solo mancha su cara, sino también buena parte de su ropa. Cierra la puerta con una mano con velocidad y suavidad al mismo tiempo, mientras con la otra toma a Roberto del brazo y lo jala lejos de esa puerta.

Roberto no lo reflexiona en ese momento, pero Mariano lo acaba de alejar de los negocios de la famiglia por unos cuantos años más. Lejos de ese estudio, en el cuarto de Roberto, Mariano se entera de donde viene la sangre.

Sin duda es difícil de creer que el hijo de un mafioso pueda ser sujeto de un chantaje, aún cuando el chico trate de mantener un perfil bajo, sin embargo algún oscuro secreto del que aún nadie podría enterarse sería la razón y el instrumento. Pero de igual forma es difícil de creer que un chantaje pueda durar para siempre, y en el caso de Roberto duró relativamente poco. Y es que el chantajista, fue poco inteligente, o estúpido, como ustedes quieran, pero cometió el error de presionar demasiado.

Una hora después Mariano llegaba con un par de hombres de su confianza a uno de los muelles en la parte sur de paraíso, la lluvia de dimensión torrencial había sido lo único que había evitado que el cuerpo de Juan Avilez fuera descubierto.

Mientras Roberto intentaba conciliar el sueño después de haber tomado una ducha caliente, Mariano y los hombres de su padre se deshacían del cuerpo de forma que fuera difícil de ser encontrado y mucho más difícil de ser identificado. Pongámoslo así: en pedazos es más difícil saber de quien se trata. Los detalles serían algo que Roberto no se sabría, por lo menos no por ahora. Sin embargo lo que no podía dejar de recordar era la furia que había sentido con las palabras de Avilez, pero sobre todo el ardor en sus puños le recordaba cada uno de las veces que habían sido estrellados contra la cara llena de acne del chantajista. Una y otra vez sus puños se habían hundido, habían cortado, habían roto, y finalmente habían quedado cubiertos de sangre, cuando la furia se disipo, solo quedo un cuerpo con la cara molida a golpes, un charco de sangre y una lluvia que empezaba a caer.

Al día siguiente Roberto no fue a la escuela, no bajo a desayunar y tampoco almorzó, razón por la que por la tarde Mariano le llevó algo de comer. Le dijo que no se preocupara, que todo estaba bien, como cuando se hacía daño o rompía algo cuando era niño, que quedaría entre ellos. Mariano lo había cuidado desde siempre, había sido más hermano mayor que su propio hermano. Se abrazaron y se dieron un beso en la mejilla. Mariano le preguntó como se sentía, que si necesitaba hablar de ello. Roberto solo alcanzó a decir “solo puedo decirte que me alegra que este bien muerto.”. En esos ojos avellanados aún había furia.

martes, septiembre 06, 2005

Hopeless

El pavimento esta oscuro y no deja ver claramente el color del líquido encharcado en él. Estoy sentado en el asiento del conductor con la puerta abierta y los zapatos parcialmente hundidos en el charco. La lluvia que cae lava mis manos y no puedo evitar pensar que la sangre nunca se limpiará en realidad, como si al otro día al levantarme fuera a encontrarme con manchas que no pude quitar, sangre fresca y no solo una mancha vieja. Un relámpago me saca momentáneamente de mis pensamientos y me doy cuenta que me estoy mojando y que el interior del carro se esta mojando también. Me sorprendo de mi frivolidad.

No puedo decir mucho en mi defensa, todo lo que pueda decir sonará tonto. Sin embargo es simplemente la verdad, lo hice por compasión.

Ella era hermosa, simplemente hermosa. Su cabello era oscuro y ligeramente ondulado, siempre lo tenía suelto, siempre. Sus ojos eran grises y eran tan expresivos, eran como un lente de aumento para las emociones que reflejaban, podían estar completamente llenos de alegría o podían reflejar la tristeza más profunda. Y sus labios, de ellos salían las palabras mas dulces, aún si sabías que lo que decía era imposible, no importaba, solo importaba como te hacía volar, como un trago de Absenta. Solía sonreír, solo para mí.

Pero estaba enferma y languidecía cada día más, ella trataba de hacerse la fuerte y fingía estar siempre feliz, pero muchas veces la sorprendí llorando, y muchas veces me tocó verla en mal estado y simplemente… no podía permitir que siguiera viviendo esa existencia. Estaba mal. Su vida se basaba en aparentar estar viva cuando en realidad era una flor cortada, destinada a marchitarse rápidamente.

Morir mientras se duerme es algo que no todos pueden llegar a tener, simplemente no vivir el último gran trauma de saber que estás apagándote, de ir perdiendo los sentidos mientras el frío y la oscuridad te invaden. Ese era el plan, había encontrado la forma perfecta, el veneno perfecto, pero al llegar donde ella, y estar a punto de administrar el remedio a su dolor, me di cuenta que ella había encontrado su propia solución, sus muñecas... bueno, supongo que es una de las formas populares.

Así que finalmente la sangre no era mía, era de ella y aunque yo no la maté, el pensamiento pasó por mi mente. Y ahí se quedo… y más que una idea fue una determinación, de no habérseme adelantado ella, finalmente yo lo hubiera hecho. Así que de una forma u otra… soy un asesino, por compasión, pero a final de cuentas, un asesino.



Se llamaba esperanza y estaba moribunda, era simplemente hermosa, y era todo lo que tenía.